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Title51-La Literatura Griega Cristiana I
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	ÁREA: Cultura Clásica- Literatura Griega
	
	
	
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Gonzalo Fontana – La literatura cristiana I: los escritos bíblicos











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ÁREA: Cultura Clásica- Literatura Griega






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etc.) hasta conformar los relatos actuales (Bultmann). Esto es, a pesar de su forma

externa, los evangelios no son en realidad una biografía de Jesús, sino un instrumento

demostrativo de su condición trascendente. Y para ello sus redactores se sirvieron de

multitud de recursos, de entre los que destaca la aplicación sistemática, explícita e

implícita, de la exégesis escriturística con el fin de probar que en Él se cumplían las

profecías del Antiguo Testamento. En definitiva, el predicador había sido transformado

en el predicado.



A los cuatro evangelios del canón, hay que añadir algunos otros evangelios muy

antiguos, y hoy muy fragmentados o directamente perdidos, como el Evangelio de los

Hebreos o el Evangelio de los Ebionitas. En pos de ellos surge una enorme estela de

textos evangélicos, de entre los que destacan textos ortodoxos como el

Protoevangelio de Santiago, destinado a satisfacer la curiosidad del público acerca de

la desconocida vida de Jesús antes de su Bautismo y que han dado lugar a la multitud

de motivos propios de la religiosidad popular. Pero también multitud de textos

heterodoxos, conocidos tan sólo por los fragmentos que suministra la tradición

indirecta, como son los evangelios gnósticos (el Evangelio de Tomás, el Evangelio de

Santiago, el Evangelio de la Magdalena).


2. 2. La cuestión sinóptica

Descartada hace tiempo la idea de que los textos bíblicos han sido redactados

como resultado de la acción del Espíritu Santo (inspiración), los críticos que se

aproximaron a los evangelios con pretensiones científicas ya en el siglo XVIII se

percataron que los textos de Mateo, Marcos y Lucas podían ser leídos en paralelo, de

ahí que recibieran la denominación de evangelios sinópticos. De ahí sólo había un

paso para tratar de desentrañar su eventual relación genética, con lo que el estudio de

estos textos quedaba reducido a los planteamientos habituales de la filología

decimonónica, a un problema de Quellenforschung. La cuestión, denominada

“cuestión sinóptica”, fue resuelta satisfactoriamente en 1838 por Weisse mediante la

llamada “hipótesis de la doble fuente”, que describiremos en sus puntos más

esquemáticos:


Mateo es el resultado de la suma de tres bloques textuales:

Marcos casi al completo
Material textual específico de Mateo
Material textual común con Lucas y ausente de Marcos

Lucas, a su vez, se compone de:

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Marcos casi al completo
Material textual específico de Lucas
Material textual común con Mateo y ausente de Marcos

Esta sencilla descripción lleva ineludiblemente a considerar que los evangelios de

Mateo y Lucas son el resultado de la combinación de una doble fuente común:


El texto de Marcos

Una fuente común que ambos conocieron como texto independiente, la
cual suele ser denominada “Fuente Q” (del alemán Quelle [“fuente”])


Al margen de estas dos fuentes, cada uno de los autores añadió material

específico propio. Así, por ejemplo, los respectivos relatos de la infancia que

presentan Mateo y Lucas ofrecen relatos completamente distintos. Lucas relata

episodios como la anunciación, la adoración de los pastores o Jesús perdido en el

templo; y en cambio Mateo da cuenta del sueño de José, la adoración de los Magos o

la huida a Egipto.



Este esquema básico es el que sigue siendo asumido por la práctica totalidad de la

crítica moderna y la discusión se centra tan sólo en cuestiones de detalle. Así, el texto

de Marcos que manejaron a fines del siglo I los autores de Mateo y Lucas no puede

ser exactamente el mismo que tenemos nosotros. Y por ello en ocasiones se habla de

un Proto-Marcos, parcialmente asequible a la crítica textual a través de aquellos casos

en los que Mateo y Lucas presentan coincidencias textuales en los que ambos

coinciden contra el Marcos que obra en nuestras manos. Y por otra parte, tampoco es

descartable la existencia de intercambios textuales horizontales, esto es operaciones

de nivelación textual en las que, una vez establecidos los textos básicos, haya habido

procesos de préstamo intertextual entre ellos, sin que sea posible determinar con

precisión cuál es la fuente de cada cuál. Un ejemplo evidente de préstamo horizontal

es el que se produce en el conocido episodio de la adúltera perdonada, el cual

aparece en algunos manuscritos en el Evangelio de Lucas y, en otros, en el Evangelio

de Juan.



Finalmente, resulta ineludible hablar del contenido de la Fuente Q. En contraste

con el contenido eminentemente narrativo del Evangelio de Marcos, texto que opera

como marco formal básico en el que se mueven Mateo y Lucas, la Fuente Q presenta

un aspecto muy diferente, ya que, despojada del aparato narrativo contextual

procedente de Marcos o forjado por los propios redactores, no es sino un listado de

logia, de sentencias atribuidas a Jesús precedidas de un escueto “Jesús dijo”. Ello

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2. 12. Las cartas de Pedro

Atribuidas a Pedro, estas dos cartas son obra de dos autores diferentes. La

primera de ellas se ubica claramente en un contexto de tribulación, que bien pudiera

identificarse con la persecución bitinia de Plinio y Trajano. Constituye una especie de

credo cristiano primitivo formulado en términos exhortativos y polémicos. La creencia

cristiana se demuestra mediante el género de vida que surge de esa fe. Así,

sistematizando la ética paulina, el texto ofrece listas de vicios (IPe, 2, 1; 4, 3-15); de

virtudes (IPe, 4,7-9); de carismas (IPe, 4, 10-11); de deberes cívicos (IPe, 2, 13-17) y

domésticos (IPe, 2, 18-25); y, sobre todo, invita a no separar el sufrimiento de la

resurrección futura.



La segunda de ellas, muy tardía, hace empleo de material apócrifo judío

(Apocalipsis de Henoc, Ascensión de Moisés) y es asimismo fuente de la Carta de

Judas. Las coincidencias en el estilo y contenido la emparejan muy de cerca con un

texto apócrifo, la Segunda carta de Clemente. En ella resulta muy interesante su

comentario a los textos paulinos (IIPe, 3, 15), signo de que ya están empezando a

entrar en el canon, pero sobre todo la interpretación con la que resuelve el problema

del retraso del regreso de Cristo a la tierra, la parousía. Pasadas ya varias

generaciones, Cristo dilataba su venida final, ansiosamente esperada por los

cristianos; y los dirigentes de las comunidades reformularon la doctrina posponiendo

sine die el magno acontecimiento: “Ante el señor un día es como mil años y mil años

como un día” (IIPe, 3, 8).


2. 13. Las cartas de Juan


El estilo y la naturaleza de estos tres breves textos permiten suponer que su autor

es uno de los redactores del propio Evangelio de Juan. Baste como ejemplo el hecho

de que tanto en el texto evangélico como en estas epístolas se emplea el apelativo

“hijitos” para dirigirse a sus destinatarios (p. ej. Jn, 13, 33; IJn, 2, 1). La lectura de los

tres textos evidencia que todos ellos pertenecen a un mismo autor y que están

ordenados en orden exactamente inverso al que fueron escritos. En tal sentido,

bastará dar cuenta del contenido de la primera, en la medida en que constituye el

colofón y resumen de las dos anteriores. Se trata de un escrito polémico dirigido

contra las desviaciones, acaso gnósticas, que se están produciendo dentro de la

propia comunidad joánica, básicamente como consecuencia inmediata del intenso

proceso de reflexión teológica en torno a la figura de Cristo de sus equipos de

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teólogos. El autor de las cartas se refiere a estos adversarios doctrinales con palabras

muy duras: mundanos, mentirosos, anticristos, falsos profetas, hijos del diablo y

seductores.


2. 14. La carta de Santiago

Es junto con el Apocalipsis de Juan el representante más genuino de la postura

que adoptan los judeo-cristianos en la polémica fe/obras que los enfrenta a la teología

de Pablo. Dirigida a las doce tribus de Israel en la diáspora, parece ser un intento

judeo-cristiano de oponerse a la doctrina paulina de la justificación por la fe. “La fe sin

obras es una fe muerta” es el eslogan que se desarrolla en la epístola (Sant, 2, 14-26).


3. Bibliografía básica


AGUIRRE, R., Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana, Estella, Verbo Divino,
2001.


BULTMANN, R., Historia de la tradición sinóptica, Salamanca, Sígueme, 2000.

KÜNG, H., El cristianismo: esencia e historia, Barcelona, Círculo de lectores, 1997.

MONTSERRAT TORRENTS, J., La sinagoga cristiana: el gran conflicto religioso del S.

I, Barcelona, Muchnik, 1993.

PIÑERO, A. (ed.), Orígenes del cristianismo: antecedentes y primeros pasos,

Córdoba, El Almendro, 1991.

PIÑERO, A. (ed.), Fuentes del cristianismo: tradiciones primitivas sobre Jesús,

Córdoba, El Almendro 1993.

PIÑERO, A. y PELAEZ, J., El nuevo testamento: Introducción a los primeros escritos

cristianos, Córdoba, El Almendro, 1995.

PUENTE OJEA, G., El evangelio de Marcos: del Cristo de la fe al Jesús de la Historia,

Madrid, S XXI, 1992.

SANTOS OTERO, A. de, Los evangelios apócrifos, Madrid, BAC, 1993.


Textos: dejando a un lado los textos canónicos, accesibles en cualquier Biblia, el
lector puede acceder a la traducción al español de la totalidad de los textos apócrifos
cristianos en la siguiente dirección electrónica: http://escrituras.tripod.com/Textos.









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