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Sobre la revolución 1

Hannah Arendt

S o b r e l a r e v o l u c i ó n

Versión española de
Pedro Bravo

Alianza
editorial

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mente deben ser empleados a fin de obtener y gozar totalmente de
las libertades reales y fundamentales» (Blackstone)13. Los resulta-
dos de la revolución no fueron «la vida, la libertad y la propiedad»
en cuanto tales, sino su concepción como derechos inalienables del
hombre. Pero incluso al extenderse estos derechos .a todos los hom-
bres, como consecuencia de la revolución, la libertad no significó
más que libertad de la coerción injustificada y, en cuanto tal, se
identificaba en lo fundamental con la libertad de movimiento, —
«el poder de trasladarse... sin coerción o amenaza de prisión, salvo
el debido procedimiento legal»— que Blackstone, de completo
acuerdo con el pensamiento político antiguo, consideraba como el
más importante de todos los derechos civiles. Hasta el derecho de
reunión, que se ha convertido en la libertad política positiva más
importante, aparece todavía en la Declaración de Derechos ameri-
cana como «el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y de
diri-girse al gobierno para corregir sus agravios» (Primera Enmien-
da), por lo cual «el derecho de petición es históricamente el dere-
cho fundamental» que, en su correcta interpretación histórica, sig-
nificaría: el derecho a reunirse a fin de ejercer el derecho de peti-
ción 14. Todas estas libertades, a las que debemos sumar nuestra
propia pretensión libres del miedo y de la pobreza, son sin duda
esencialmente negativas; son consecuencia de la liberación, pero
no constituyen un modo el contenido real de la libertad, la cual,
como veremos más tarde, consiste en la participación, en los asun-
tos públicos o en la admisión en la esfera pública. Si la revolución
hubiese tenido como objetivo únicamente la garantía de los dere-
chos civiles, entonces no hubiera apuntado a la libertad, sino a la
liberación de la coerción ejercida por los gobiernos que se hubiesen
excedido en sus poderes y violado derechos antiguos y consagrados.

La dificultad reside en que la revolución, según la conocemos
en la Edad Moderna, siempre ha estado preocupada a la vez por la
liberación y por la libertad. Además, y debido a que la liberación,
cuyos frutos son la ausencia de coerción y la posesión del «poder
de locomoción», es ciertamente un requisito de la libertad —nadie
podría llegar a un lugar donde impera la libertad si no pudiera
mo-verse sin restricción—, frecuentemente resulta muy difícil de-
cir donde termina el simple deseo de libertad como forma política
de vida. Lo importante es que mientras el primero, el deseo de ser

13 En esto y en lo que sigue me atengo a Charles E. Shattuck: «The True Meaning of the
Term ‘Liberty’... en the Federal and State Constitutions»..., en Harvard Law Review, 1891.
14 Véase Edward S. Corwin: The Constitucion and Wbat it Mearts Today, Princeton,
1958, p. 203.

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libre de la opresión, podía haberse realizado bajo un gobierno
monárquico —aunque no, desde luego, bajo un gobierno tiránico,
por no hablar del despótico—, el último exigía la constitución de
una nueva forma de gobierno, o, por decirlo mejor, el
redescubrimiento de una forma ya existente; exigía la constitución
de una república. Nada es más cierto, mejor confirmado por los
hechos, los cualés desgraciadamente, han sido casi totalmente des-
cuidados por los historiadores de las revoluciones, que «las discu-
siones de aquella época fueron debates de principios entre los de-
fensores del gobierno republicano y los defensores del gobierno
monárquico»15.

Ahora bien, que sea difícil señalar la línea divisoria entre libe-
ración y libertad en una cierta circunstancia histórica no significa
que liberación y libertad sean la misma cosa, o que las libertades
obtenidas como consecuencia de la liberación agoten la historia de
la libertad, a pesar de que muy pocas veces quienes tuvieron que
ver con la liberación y la fundación de la libertad se preocuparon de
distinguir claramente estos asuntos. Los hombres de «las revolu-
ciones del siglo XVIII tenían perfecto derecho a esta falta de clari-
dad; era consustancial a su misma empresa descubrir su propia ca-
pacidad y deseo para «los encantos de la libertad», como los llamó
una vez John Jay, sólo en el acto de la liberación. En efecto, las
acciones y proezas que de ellos exigía la liberación los metió de
lleno en los negocios públicos, donde de modo intencional, unas
veces, pero las más sin proponérselo, comenzaron a constituir ese
espacio para las apariciones donde la libertad puede desplegar sus
encantos y llegar a ser una realidad visible y tangible. Debido a que
no estaban en absoluto preparados para tales encantos, difícilmente
podían tener plena conciencia del nuevo fenómeno. Fue nada me-
nos que el peso de toda la tradición cristiana el que les impidió
reconocer el hecho evidente de que estaban gozando de lo que ha-
cían mucho más de lo que les exigía el deber.

Cualquiera que fuese el valor de la pretensión inicial de la
Revolución americana —no hay tributación sin representación—,
lo cierto es que no podía seducir en virtud de sus encantos. Cosa
totalmente distinta eran los discursos y decisiones, la oratoria y los
negocios, la meditación y la persuasión y el quehacer real que eran
necesarios para llevar esta pretensión a sus consecuencias lógicas;
gobierno independiente y la fundación de un cuerpo político nuevo.
Gracias a estas experiencias, aquellos que, según la expresión de John
Adams habían «acudido sin ilusión y se habían visto forzados a hacer
15 Cf. Jefferson en The Anas, cit. por Life and Selected Writings, ed. Modern Library, p. 117.

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lugar de orgullosos arquitectos que pretendiesen construir sus nue-
vas moradas proyectándolas sobre la sabiduría acumulada de todas
las épocas pasadas, según era entendida por ellos; con estos requi-
sitos vino la confianza tranquilizadora de que un novus ordo
saeclorum podía levantarse sobre las ideas, de acuerdo a un esque-
ma conceptual del que daba fe su antigüedad. El pensarniento sería
el mismo, sólo la práctica, su aplicación, serían nuevas. La época,
según palabras de Washington, era «propicia», porque había «deja-
do abierto para su aprovechamiento los tesoros de conocimiento
acumulados por los trabajos de filósofos, sabios y legisladores a lo
largo de muchos años»; contando con su ayuda, los hombres de la
Revolución americana sintieron que había llegado el momento de
la acción, una vez que las circunstancias y la política inglesas no les
dejaban más alternativa que construir un cuerpo político completa-
mente nuevo. Y puesto que se les había dado la oportunidad de
obrar, ya no podía culparse más a las circunstancias y a la historia:
si los ciudadanos de los Estados Unidos «no iban a ser completa-
mente libres y felices, la falta sería exclusivamente suya»39. Nunca
se les hubiera ocurrido que, sólo unas décadas más tarde, el obser-
vador más agudo y sesudo de lo que ellos habían hecho diría: «Por
más que vuelvo mis ojos al pasado hasta la antigüedad más remota,
no hallo nada comparable a lo que ha ocurrido ante mis ojos; en
cuanto el pasado ha cesado de arrojar su luz sobre el futuro, el espí-
ritu del hombre vaga en la oscuridad»40.

El encanto mágico que la necesidad histórica ha vertido sobre
los espíritus de los hombres desde el comienzo del siglo XIX se
hizo más poderoso con la Revolución de Octubre, que ha tenido
para nuestro siglo el mismo significado profundo de operar, prime-
ro, la cristalización de las esperanzas del hombre, para después col-
mar su desesperación, que la Revolución Francesa tuvo para sus
contemporáneos. La única diferencia es que en esta ocasión no hubo
experiencias inesperadas que preparasen la tarea, sino el
modelamiento consciente de la acción sobre las experiencias lega-
das por una época y un acontecimiento del pasado. Por supuesto,
sólo gracias al arma de dos filos de la compulsión ideológica y del
terror, la primera constituyendo a los hombres desde dentro, y éste
desde fuera, se puede explicar adecuadamente la docilidad con que
los revolucionarios de todos los países que cayeron bajo la influen-
cia de la Revolución bolchevique han aceptado su propia muerte;

39 Cit. por Edward S. Corwin: «The ‘Higher Law’ Background of Ame-rican Cons-
titucional Law», en Harvard Law R.e.view, vol. 42, 1928.
40 Tocqueville, ob cit., vol. II, Libro IV, cap. 8.

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pero en este punto la lección que suponemos aprendida de la Revo-
lución Francesa, ha llegado a ser parte integrante de la compulsión
autoimpuesta del pensamiento ideológico actual. La dificultad ha
sido siempre la misma: quienes iban a la escuela de la revolución
aprendían y sabían de antemano el curso que debe tomar una revo-
lución. Imitaban el curso de los acontecimientos, no a los hombres
de la Revolución. Si hubieran tomado como modelo a los hombres
de la Revolución habrían afirmado su inocencia hasta quedarse sin
aliento41. Pero no podían hacer esto, porque sabían que una revolu-
ción debe devorar a sus propios hijos, del mismo modo que sabían
que una revolución era sólo un eslabón en una cadena de revolucio-
nes, o que al enemigo declarado debía seguir el enemigo oculto
bajo la máscara de los «sospechosos», o que una revolución debía
escindirse en dos facciones extremas —los indulgents y los
enragés— que real u «objetivamente» trabajan al unísono para minar
el gobierno revolucionario, y que la revolución era «salvada» por
el hombre de centro, quien, lejos de ser más moderado, liquidaba a
la izquierda y a la derecha, como Robespierre había liquidado a
Danton y a Hébert. Fue la historia, no la acción, lo que los hombres
de la Revolución Rusa habían aprendido de la Revolución France-
sa, siendo este conocimiento casi su único bagaje. Habían adquiri-
do la habilidad de interpretar cualquier papel que el gran drama de
la historia pudiera asignarles, y si no hubo otro papel disponible
que el de villano, ellos prefirieron aceptarlo antes que dejar de to-
mar parte en la función.

Hay una grandiosa ridiculez en el espectáculo de estos hom-
bres —que habían osado desafiar a todos los poderes existentes y
retar a todas las autoridades de la tierra y cuyo valor estaba fuera de
toda duda— capaces de someterse de la noche a la mañana, con
toda humildad y sin un grito de protesta, a la llamada de la nece-
sidad histórica, por absurda e incongruente que les pareciese la for-
ma de manifestarse esta necesidad. No fueron engañados porque
las palabras de Danton y Vergniaud, de Robespierre y Saint-Just y
de todos los demás, resonasen aún en sus oídos; fueron engaña-
dos por la historia y, en este sentido, han llegado a ser los bufones
de la historia.

41 Esta actitud contrasta notablemente con la conducta de los revoluciona-rios en 1848.
Jules Michelet escribe «On s’identifiait à ces lugubres ombres. L’un était Mirabeau,
Vergniaud, Danton, un autre Robcspierre». En Histoire de la révolution française,
1868 vol. I, p. 5.

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