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TitleLa Afectividad Colectiva - Pablo Fernández Christlieb
TagsPerception Feeling Reality Psyche (Psychology)
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superficial, según lo cual el fin de la vida consiste en ser chic, es

estrictamente horrible porque se encuentra fuera de las formas, precisamente

en su superficie, en las apariencias, por encima de la vida, como quienes

creen que para ser una persona interesante todo lo que hay que hacer es

poner pose de interesante.

Quizá pueda rematarse está somera clasificación haciendo notar el

extraordinario parecido entre lo horrible y lo bello: en ambas situaciones se

roza y se alcanza a desbordar el límite de la forma, lo que ya no pertenece a

ella: se sale de la realidad y se palpa el cielo, o el infierno, y el caer en el

uno o en el otro es a veces el mismo proceso. Tal es, por ejemplo, el proceso

creativo. Por una parte, se suele decir que para poder crear hay que sufrir,

"quien está satisfecho nunca podrá crear", dice Vargas Llosa; si ello es

cierto, significa que la creación (y la alegría radical) es una situación límite

que solamente puede propiciarse, buscarse, necesitarse, cuando o porque el

autor vive amagado por lo horrible. Esto es correcto casi por exclusión: en

efecto, quienes viven en medio, alternando entre lo bonito y lo feo alcanzan

la suficiente comodidad para evitar lo horrible, y lo bello. Por otra parte, el

proceso creador mismo, el acto de hacer, es de por sí una oscilación

aleatoria entre la nada y el todo: toda creación corrió en un momento dado el

riesgo probabilísimo del fracaso, o sea, de simplemente no ser creación, no

ser nada, porque nunca se sabe si se va a lograr: osciló entre lo horrible y lo

bello, y si ganó lo segundo es sólo porque muchas otras veces ha ganado lo

primero, el no existir. El famoso y algo cursi horror de la página en blanco

de los escritores es el ejemplo típico. Toda obra pasó por el susto de sentir

que no lo lograba.

Sentir es un trabajo estético. Lo que se siente es bonito, bello, feo u

horrible. Todo lo demás, hechas las cuentas, sobra. No se siente rabia o

quietud, ni sinceridad o falsedad, tristeza o alegría, mal o bien: esta

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adjetivación casi viene a ser nada más un refinamiento del lenguaje. Lo que

se desarrolla como inteligencia, una teoría inteligente, como cumplimiento,

una tarea bien hecha, como caridad, una ayuda dada, etc., son sentidas en

términos de su belleza o fealdad. Una teoría inteligente es una teoría bella, y

así sucesivamente. Asimismo, los diversos adjetivos, ya tengan que ver con

los sentidos de la percepción, o con las normas, las creencias, la veracidad,

etc., adquieren, en el nivel sensible, el carácter estético entre la belleza y la

horribilidad. Es cierto que algo azul o verde es indiferente, pero para

preferir el azul, como en la pregunta típica del color favorito, la razón se

vuelve en que el azul es "más" bonito93. En efecto, si lo primero y lo último

que importa es la afectividad, entonces lo último que importa, aquello de lo

que de verdad se tratan las cosas de la vida, es de la calidad estética de la

realidad. Así como los objetos de la vida aparecen en última instancia como

objetos estéticos, así también, el sentido de la realidad es un sentido de

belleza, un sentido estético. Puede argumentarse que los grandes momentos,

aquellos de la comprensión de lo absoluto y de la plenitud, hasta de la

felicidad, son, ciertamente, momentos de afectividad conspicua, marcados

por el signo de la belleza. Si dichos momentos de sentido se resumen en

momentos de la religión, la filosofía, la ciencia y el arte, en todos ellos, el

encuentro con el significado de la realidad que desde allí se alcanza, son

momentos bellos: el éxtasis, la comprensión, el descubrimiento o la creación

son acontecimientos estéticos, y de hecho, cada una de estas instituciones,

construye una serie de recintos y de rituales propios, que, además de tener

cada uno sus pretensiones estéticas en sí mismas, actúan como propiciatorios

del momento bello: las catedrales y las celebraciones religiosas con toda su

parafernalia ceremonial son el ejemplo más claro, pero no por ello hay que

subestimar las posibilidades rituales de las bibliotecas, las universidades,

los museos, o los talleres como recintos sagrados en su particular

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