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TitleLa Aventura de La Historia - Dossier059 Alejandro Magno - Hombre, Mito, Héroe
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Page 1

1

DOSSIER

Ninguna otra figura histórica ha
despertado tanta fascinación
como el joven rey macedonio
que, en 15 años, conquistó todos
los reinos entonces conocidos y
se asomó al límite del fin del
mundo para, gracias a su muerte
prematura, convertirse en un dios
en plena juventud

ALEJANDRO
MAGNO Hombre,mito, héroe

Alejandro, rey de Macedonia. Relieve anónimo del s. XV (Patrimonio Nacional).

pág. 56

Una personalidad
contradictoria
Adolfo J.Domínguez

pág. 70

Espejo de generales.
El genio de la guerra
Fernando Quesada

pág. 62

Alejandro,
el divino
Manuel Bendala

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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vida de Alejandro –que tienen lugar
durante los banquetes y bajo la in-
fluencia de la ingesta de grandes canti-
dades de vino– han sido cuestionados
por muchos autores, reflejan la estre-
cha relación entre la política, el sexo y
el alcohol en lo más alto de la corte
macedonia. No sería la última vez que
Alejandro perdiese la compostura du-
rante un banquete.

Las relaciones entre padre e hijo pro-
bablemente se enfriaron durante los úl-

Queronea, Beocia, comienzosde agosto del año 338 a.C.En la llanura, bajo un sol ce-
gador, Filipo II de Macedo-

nia ordena para la batalla un gran ejér-
cito de 30.000 infantes y 2.000 jinetes.
La caballería forma en el ala izquierda,
mandada por el príncipe Alejandro,
que acaba de cumplir dieciocho años.
Haciendo gala de una temeridad sin lí-
mites, alejando, tras varias cargas, logra
desbaratar la formación que se le opo-
ne, las tropas tebanas, entre las que
destaca el Batallón sagrado. Tras rom-
per el ala tebana, Filipo II arremete
contra el centro, formado por los ate-
nienses, y los derrota, causándoles más
de mil muertos y capturando dos mil
prisioneros. Queronea marcó el final
de la independencia de las ciudades
griegas, pero también el inicio de la
fulgurante carrera de Alejando Magno.
Cuando, quince años después, el aún
joven rey moría en Babilonia tras haber
conquistado un inmenso imperio, el
rosario de cicatrices que recorría su
cuerpo daba fe de que el ímpetu que le
convirtió en el héroe de Queronea no
se había mitigado con los años.

Es difícil penetrar en el verdadero ca-
rácter de Alejandro Magno, más allá de
las innumerables anécdotas y hechos
que se cuentan de él y, sin embargo,
ése es uno de los retos más atractivos
para el historiador.

Alejandro, nacido en el mes de julio
del año 356 a.C., era hijo del rey Filipo
II de Macedonia, auténtico artífice del

poder imperialistala de su reino, hasta
entonces bastante retrasado y marginal
con respecto a la Grecia de las ciuda-
des. La sagacidad política, el recurso
inmisericorde a la razón de Estado y
una eficaz máquina de guerra, hicieron
de Filipo el dueño de Grecia; su hijo
heredaría de él la falta de escrúpulos
en la acción directa, aun cuando a ve-
ces los remordimientos le pudieran ha-
cer parecer débil y vulnerable.

La madre de Alejandro, Olimpíade,
era hermana del rey Alejandro del Épi-
ro. Mujer de fuerte carácter y fanática
devota del culto dionisíaco, inculcó en
su hijo un determinado concepto de
espiritualidad que siempre acababa por
salir a la superficie.

No pueden medirse las relaciones
entre Filipo y Olimpíade con criterios
modernos. Su matrimonio tenía una
marcada finalidad política y fue de in-
terés tanto para Filipo –en camino de
conseguir el dominio de buena parte

del ámbito balcánico– como para los
dinastas del Épiro, que se beneficiaban
del parentesco con el macedonio en
sus proyectos políticos y militares en el
Adriático e Italia. Las personalidades de
ambos progenitores de Alejandro eran
muy enérgicas y no faltaron momentos
de fuertes tensiones, en los que la ma-
dre podría haber azuzado al hijo contra
el padre. Estas querellas fueron au-
mentando conforme crecía Alejandro,
quien, probablemente, tomó partido
por su madre, al tiempo que recordaba
a su padre la legitimidad de su naci-
miento y los derechos que le corres-
pondían como hijo legal suyo.

Pelea en el banquete
Uno de los primeros enfrentamientos
parece haber tenido lugar tan sólo un
año después de Queronea, cuando Fi-
lipo, que ya tenía varios hijos fruto de
sus cinco matrimonios previos, se en-
caprichó de la joven Cleopatra, sobrina
de Atalo, uno de los compañeros pre-
dilectos, a la que desposó entre el re-
gocijo general de la Corte. Durante el
banquete, corrió a raudales el vino –los
macedonios solían beberlo puro, sin
rebajarlo con agua, como solía hacer el
resto de los griegos– y en medio de la
euforia de la fiesta y de los vapores etí-
licos, Atalo rogó a los dioses que de la
unión naciera un heredero legítimo pa-
ra el reino. Alejandro le arrojó una co-
pa de vino y Filipo se abalanzó contra
su hijo espada en mano, pero ya suma-
mente borracho tropezó y cayó al sue-
lo. Eso provocó comentarios despecti-
vos de Alejandro hacia su padre.

Aunque éste y otros episodios de la

timos años del reinado de Filipo. Al cír-
culo más íntimo del rey cada vez le de-
sagradaba más la actitud de Olimpíade,
que quizá estaba intrigando desde su re-
tiro del Épiro contra su marido. Incluso
es posible que a los más próximos a Fi-
lipo les incomodase que pudiese regir-
les el hijo de una epirota, una no mace-
donia, cuya fuerte personalidad no de-
cayó nunca. Quizá por ello los compa-
ñeros de Filipo no tuvieron inconve-
niente en apostar por otro hijo del rey,

el deficiente mental Filipo Arrideo, hijo
de una tesalia, que a la postre acabaría
sucediendo a Alejando Magno.

El propio Alejandro, en el par de años
que median entre su éxito en Queronea
y la muerte de su padre, tampoco pare-
ce haber dejado de intrigar. Por enton-
ces, aparece rodeado de un círculo de
amigos, compañeros futuros de las glo-
riosas gestas en Asia, como Nearco y
Tolomeo, que apoyan sus intereses,
aunque eso les enfrentara con el rey.

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ADOLFO J. DOMÍNGUEZ MONEDERO es profesor
titular de Historia Antigua, UAM.

Alejandro, un carácter en perpetua

CONTRADICCIÓN
Originario de un reino pequeño y pobre, vivió ebrio de victorias, vino y
adulación. Adolfo J. Domínguez MONEDERO presenta la paranoia del
héroe, cada día más endiosado y distante de sus compañeros de armas

Filipo II de Macedonia fue el artífice del poder
imperialista de su reino, hasta entonces
marginal respecto a la Grecia de las poleis.

Alejandro corta el Nudo Gordiano, convirtiéndose en el hombre predestinado para conquistar Asia (por G. Pavía, 1742, Madrid, Palacio de la Moncloa).

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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exterior. Los cultos y juegos panheléni-
cos, las anfictionías, lubricaron algo las
fricciones entre los Estados ciudada-
nos, pero no bastaron para evitar que,
a la postre, el desgaste fuera insupera-
ble. La cortedad de miras era tanto más
grave si se tenía en cuenta el acoso ex-
terior, especialmente del poderoso Im-
perio persa. La mezquindad de la polis
alcanzó su cota más trágica cuando, a
partir de la Guerra del Peloponeso,
unas ciudades y otras se disputaron la
alianza de Persia para afirmarse frente a
sus vecinas. De enemigo tradicional a
batir, Persia se erigió en árbitro de las
luchas intestinas entre las poleis griegas.

Había que buscar salidas a la grave
situación, pero carentes los pequeños

Estados griegos de capacidad para mo-
ver los resortes de la propia recupera-
ción, la iniciativa correría a cargo de
Macedonia, una potencia extranjera lo
suficientemente próxima para actuar
como griega, y lo suficientemente dis-
tinta como para acabar con la tradicio-
nal atadura de ver en el sistema de la
polis la única fórmula política acepta-
ble. Era la postura mantenida, ya casi
agónicamente, por Demóstenes en Ate-
nas: con una actitud entre terca y ro-
mánticamente idealista, pretendió fre-
nar la acción imparable de Filipo y,
muerto éste, de su hijo Alejandro.

Es cierto que la postura del célebre
orador ateniense no era ya compartida
por la generalidad de los griegos, y en

el pensamiento de los más selectos
había anidado con fuerza la idea de
que era necesario acabar con los lími-
tes y con las limitaciones de la polis y
dar al panhelenismo contenido políti-
co, unir a los griegos y eliminar el pe-
ligro de las potencias extranjeras. Así
ocurrió en el círculo de los seguidores
de Sócrates, entre pensadores de la ta-
lla de Platón, Jenofonte o Isócrates.
Este último fue el más encendido de-
fensor de las esperanzas que desper-
taba el liderazgo de Filipo. En pala-
bras de Werner Jaeger, “Isócrates vió
en la nueva estrella ascendente del rey
Filipo de Macedonia, en quien los de-
fensores de la polis veían un signo fu-
nesto, todo lo contrario, la luz de un

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ciudades. Chocaban dos concepciones
distintas de la polis, pero lo que resul-
taba más evidente era la crisis global e
irreversible de la misma como sistema
político sensato para el presente y váli-
do para el futuro. La grandeza del es-
píritu griego, forjada sin duda en el
marco de la ciudad, se compadecía mal
con una estructura política compuesta
de Estados minúsculos, en la que todos
se miraban a todos como enemigos po-
tenciales o reales.

La historia de Grecia está marcada
por continuas guerras interpolitanas,
pese a la conciencia generalizada de
que compartían un patrimonio cultural
común, la misma lengua, y a sentirse
hermanados frente al mundo bárbaro

S
i alguien reinó después de mo-
rir fue, sobremanera, Alejandro
de Macedonia, eterno en su di-
mensión de modélico persona-

je histórico y de leyenda. El tópico y la
realidad se confunden a la hora de
evocar su figura desmesurada en su es-
tricta realidad histórica y, más aún, de
la percepción que de ella se tuvo y se
tiene, aumentada por la lupa de una
inusitada mitificación. El hecho es que
las consecuencias históricas de su vida
y de su obra se deben tanto a la reali-
dad que fue como a la imagen percibi-
da por sus contemporáneos y, no diga-

mos, por los que después siguieron re-
cordándolo.

Conocida su peripecia histórica,
asentada en su sobresaliente empresa
militar y la organización de los territo-
rios conquistados, se trata ahora de de-
limitar sintéticamente los rasgos esen-
ciales de sus concepciones ideológicas
y políticas, con punto de partida en
una rápida mirada a la situación histó-
rica en que pudieron desarrollarse su
proyecto y su obra. Es bien sabido que
el siglo V a.C., la época del máximo es-
plendor de una Grecia liderada por
Atenas, se cerró con la terrible Guerra
del Peloponeso, en la que se enfrenta-
ron crudamente Atenas y Esparta, al
frente de sus respectivas coaliciones de

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MANUEL BENDALA GALÁN es catedrático
de Arqueología, UAM.

Alejandro,

EL DIVINO
Dio alas al helenismo, tanto por la inmensidad
de sus conquistas como por la adopción de
ideas y modelos de los reinos sometidos.
Manuel Bendala traza el perfil ideológico
del monarca macedonio

Un soldado de
Alejandro
combate con las
amazonas, en una
escena pintada en
un sarcófago de
Tarquinia
(Florencia, Museo
Arqueológico).

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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circunscripciones o satrapías, como hizo
con el sátrapa Satibarzanes, confirmado
en su puesto tras ofrecerle éste su sumi-
sión como nuevo Gran Rey.

Menudearon, además, los gestos por
los que Alejandro pretendía dar cuenta
de su nueva condición, entre ellos la
adopción de ropas y signos caracterís-
ticos de la corte persa como la diade-
ma, la túnica de rayas blancas y el cin-
turón, combinada con prendas propias
de la tradición macedonia.

Dio, también, al círculo de sus com-
pañeros ropas escarlata características
de los cortesanos persas e introdujo
entre ellos a nobles de extracción per-
sa entre los que llegó a figurar Oxia-
tres, hermano del rey Darío. Era toda
una declaración de su propósito de
presentarse como relevo del poder y
de la corte del Gran Rey, asistido por la
propia nobleza persa, incluidos sus
más altos dignatarios.

Las concepciones de Platón, sobre la
distinción y la relación de superioridad
de griegos respecto de los bárbaros, o
los consejos del mismo Aristóteles so-
bre la conveniencia de imponerse a los
griegos mediante la hegemonía y a los
bárbaros con el despotismo, quedaban
matizados o superados por una nueva
corriente de simpatía, aproximación o
aprovechamiento de formas elevadas
de cultura “bárbara” como la persa, que
los hechos invitaban a contemplar con
otros ojos. Alejandro iba abriéndose a
una nueva y mejor disposición hacia los
persas y sus formas de manifestarse, de
hacer o de gobierno, en lo que se mos-
traba deudor de pensadores muy seña-
lados en esa actitud, como Jenofonte. El
famoso autor de la Anábasis era admi-
rador del mundo persa y enaltecedor
de sus caudillos; y, aunque considerara
al griego superior al bárbaro por su ca-
pacidad de iniciativa o por su sentido
de la responsabilidad, el contacto con
los persas le hizo verlos como deposi-
tarios también de una cultura superior.

El soberano divinizado
Una de las más importantes expresio-
nes de la apertura a concepciones
orientales, y también de asociación a
propias tradiciones –de fusión, en su-
ma, de ideas ajenas y propias–, tiene
que ver con la faceta más destacada de
la nueva monarquía encarnada por
Alejandro: su controvertida diviniza-

ción. No hay que olvidar que Alejandro
era un rey macedonio, lo que significa
un poder arcaizante en el ámbito de la
propia Grecia, mantenido en zonas pe-
riféricas como Macedonia cuando en el
corazón de la Hélade las principales
ciudades habían optado por formas de
poder representativo, controlados por
órganos colegiados y democráticos.

En Macedonia seguía vigente el po-
der monárquico, creyente en la rai-
gambre divina del soberano, algo habi-
tual, por lo demás, en la tradición de
las viejas monarquías mediterráneas.
En el caso de Alejandro, su genealogía
lo hacía entroncar con dos linajes divi-
nos: el de Zeus, por línea materna, a
través de Aquiles, de quien se tenían

por descendientes los miembros de la
casa real de Épiro, a la que pertenecía
su madre, Olimpíade; y por línea pa-
terna, la dinastía macedonia de los Ar-
geadas consideraba a Heracles su ante-
cesor divino.

Seguramente Alejandro se tomó muy
en serio su filiación divina y muchas de
sus actitudes se deben a que se sentía
o querer hacerse ver como continuador
y aún superador de sus ancestros divi-
nos, como el mismo Heracles.

Su singladura militar y política, la es-
tancia en Egipto y Oriente, daría a este
punto de partida una nueva dimensión.
El perfil divino del faraón y de los so-
beranos orientales se presentaba como
una referencia muy sugestiva y apro-

11

Alejandro, en una
pintura mural de la Casa

de los Vetii, en
Pompeya. Los

emperadores romanos
seguirían el proceso de
divinización del poder

iniciado por el rey
macedonio.

porvenir mejor, y saludó en su Filipo
al gran adversario de Atenas, como el
hombre a quien la tyché había confe-
rido la idea de realizar su idea panhe-
lénica. Él asumiría ahora la tarea de
conducir a todos los Estados griegos
contra los bárbaros, que en otro tiem-
po, en el Panegírico, asignara Isócra-
tes a Atenas y a Esparta”.

Estaban dadas las condiciones que
podían hacer factible el plan de Filipo,
continuado por Alejandro: inmediata-
mente se propusieron devolver a los
griegos su supremacía apagando el
fuego de las luchas internas –se con-
cluyó con la victoria de ambos sobre
los atenienses en Queronea, en 338

a.C.– y retomando la guerra contra Per-
sia como vehículo de cohesión y en-
grandecimiento helénicos, la gran em-
presa de Alejandro.

Panhelenismo e imperialismo
El panhelenismo cobró con Alejandro
dimensiones extraordinarias, no sólo
por la asombrosa extensión geográfica
de sus conquistas, sino, además, por la
puesta en ejercicio de una nueva dia-
léctica entre lo griego y lo bárbaro. La
barrera entre civilización y barbarie se
derrumbaba a golpes de una mentali-
dad más abierta, la propia de griegos
que, ante la crisis interna de la polis, se
asomaron al exterior con actitud más
comprensiva y receptiva; no era el ca-
so aferrarse a la ponderación de los pa-
trones helénicos y tachar todo lo exte-
rior de bárbaro. Alejandro fue adalid
de esta corriente, auspiciada por sus
propios orígenes en una helenidad pe-
riférica, y en la que tenía perfecta cabi-
da, sin embargo, una indisimulada ad-
miración por los valores griegos y por
Atenas como su principal depositaria.

Está bien constatada una progresiva
apertura a la posibilidad de incorporar
concepciones ideológicas y políticas
extrañas a las griegas, que se haría ex-
tensiva a una también progresiva in-
corporación de persas a los puestos
políticos y organizativos del gran Esta-

do que iba configurándose conforme
avanzaban sus éxitos militares.

Se observa un hito a raíz de la Batalla
de Gaugamela, en el 331, decisiva para
sus aspiraciones de imposición sobre el
imperio de Darío. La determinante vic-
toria hizo que fuera Alejandro procla-
mado Rey de Asia, el verdadero Gran
Rey, de modo que cuajaba la idea de
que no sólo era vencedor de Darío sino
heredero legítimo de su Imperio por de-
recho de conquista. Si en la primera eta-
pa de su extensión militar y política de-
jaba las tierras conquistadas al mando
de macedonios, a partir de ahora deci-
dirá con frecuencia mantener o designar
a nobles persas para el gobierno de sus

10

Algunos griegos ya vieron en Filipo II de
Macedonia el hombre que debía llevar a buen
término la idea panhelénica.

Cabeza de Alejandro, tocado con los cuernos
del dios Amón, en una tetradracma de 297-
281 a.C.

Espejo de Roma

La imitatio Alexandri fue una clave en laconfiguración de Roma como potencia
imperial y en la fijación de los modelos en
que se miraron sus dirigentes. Es bien co-
nocida la anécdota referida a César cuando,
designado cuestor de la Hispania Ulterior,
se llegó hasta su célebre santuario gaditano
de Melkart-Hércules y, al ver la imagen
que en él se hallaba del divino Alejandro,
rompió a llorar lamentándose de que no ha-
bía hecho aún nada memorable a la edad en
que Alejandro había sometido al mundo
(Suet., Iul., 7). Antes de él, los grandes lí-
deres que en los siglos finales de la Repú-
blica pugnaron por hacer de Roma una po-
tencia helenística, entre ellos los ilustres
militares y políticos de la familia de los Es-
cipiones, tuvieron a Alejandro y su obra co-
mo modelo. El poderoso Pompeyo Magno
se hizo retratar de modo que su peinado re-

cordara el de Alejandro, aunque su redon-
deado y poco estilizado semblante no se
prestara a extender los parangones más allá.

A los grandes triumphatores que forjaron el
Imperio, Alejandro les proporcionaba un
modelo insuperable de la virtus –un com-
pendio de todas las virtudes, de fortaleza
moral y física, propio de los grandes líderes–
en el importante papel de jefes del ejército,
de garantes de la seguridad colectiva. Au-
gusto utilizó tal parangón en grado sumo.
En su Foro de Roma, dedicado a exaltar de
forma genérica la virtus imperial, en una
gran estancia al fondo del porticado izquier-
do, hizo colocar dos cuadros de Apeles, el
pintor de Alejandro. En uno de ellos apare-
cía junto a Cástor y Pólux con la Victoria; en
el otro se representaba una imagen de la
Guerra con las manos atadas a la espalda y,
en un carro, Alejandro triunfante. Lo cuen-

ta Plinio, quien añade que, después, el em-
perador Claudio sustituyó en los dos cuadros
el rostro de Alejandro por el de Augusto.

Tiempo después, el constante recurso a la
figura de Alejandro para dar vigor al poder
de los emperadores tiene uno de sus episo-
dios principales en la romántica recupera-
ción de su culto en tiempos de los Severos:
reintroducido por Septimio Severo y fervo-
rosamente fomentado por Caracalla, que
quería presentarse como un segundo Ale-
jandro, y más aún por Alejandro Severo. Es
seguramente en este ambiente en que se es-
cribió, por obra de un alejandrino anónimo,
conocido como el Pseudo Calístenes, la fa-
mosa y fantasiosa Vida y hazañas de Alejan-
dro de Macedonia (puede verse la versión es-
pañola de C. García Gual, con amplia in-
troducción, en Biblioteca Clásica Gredos, 1,
Madrid, 1977, reimp. en 1988).

EL DIVINO
ALEJANDRO MAGNO: HOMBRE, MITO, DIOS

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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ge y la caballería de los Compañeros
que evitara la aparición de brechas en la
línea cuando cargaba la caballería. Esta
bisagra la proporcionaban las tres qui-
liarquias de hipaspistai, 3.000 portado-
res de escudo, tropas de elite más flexi-
bles que la falange para poder colabo-
rar con la caballería, y que quizá iban
armadas con una lanza de unos 2,5 m.,
en lugar de sarissa, aunque éste es tema

discutido. Eran tropas de elite emplea-
das en circunstancias adversas que re-
querían flexibilidad y un arrojo especial.
Uno de estos regimientos constituía la
guardia a pie del rey o Agema.

Complementando la acción del nú-
cleo del ejército había numerosos con-
tingentes con funciones auxiliares. Los
prodromoi o sarissophoroi eran jientes
ligeros armados con una lanza muy lar-

ga, utilizados para reconocimiento y
ocasionalmente como caballería pesa-
da, aprovechando sus largas picas. La
importantísima caballería pesada tesa-
lia, tan eficaz o más que la macedonia,
solía proteger el ala izquierda del ejér-
cito, al igual que los Compañeros for-
maban en la derecha. Su formación fa-
vorita era un rombo. Diversos contin-
gentes de peltastas y toxotai (arque-

ros), de origen diverso, colaboraban
con la caballería en las alas u hostiga-
ban la línea enemiga. Por fin, Alejandro
empleó importantes contingentes de
hoplitas y peltastas griegos aliados y
mercenarios, que combatían con sus
tácticas tradicionales de infantería, y
que constituían reservas para el centro
o refuerzos para las alas.

En conjunto, el ejército macedonio

lizar por huecos entre sus líneas el
ataque de los carros persas provistos
de aterradoras guadañas.

El yunque y el martillo
La falange actuaba como un yunque, un
elemento de avance sólido e irresistible,
aunque lento, que actuaba en combina-
ción con la principal arma ofensiva del
ejército, el martillo que, atacando en
una flexible formación de cuña y arma-
do con una larga pica, golpeaba las lí-
neas enemigas aprovechando cualquier
oportunidad. La caballería pesada ma-
cedonia, los ocho escuadrones (ilai) de
hetairoi o Compañeros, era la verdade-
ra elite del ejército, unos 3.300 jinetes,
de los que 2.000 cruzaron a Asia. Uno
de los escuadrones, la ile basiliké, era la
escolta del rey. Las feroces cargas de los
Compañeros, dirigidas por el mismo
Alejandro, rompían la línea enemiga en
un punto preciso y, mediante un giro,
arrollaban de flanco y por la retaguardia
las líneas enemigas, arrojándolas contra
las picas de la falange a pie.

Hacía falta un enlace entre la falan-

19

La falange actuaba como un yunque,
mientras la caballería de los Compañeros
era el martillo que golpeaba al enemigo

Izquierda, hoplita
mercenario griego. Tanto
los que servían a Darío
como los alistados con
Alejandro llevaban lanza
corta, de 2,5 m., espada,
y un gran escudo circular
de un metro de diámetro;
los más pudientes se
protegerían con coraza
anatómica de bronce o,
como éste, de lino con
láminas de bronce. Las
grebas ya no eran
frecuentes; el casco,
pesado y agobiante, solía
sustituirse por el pilos, un
gorro de fieltro.

Izquierda, arquero
cretense al servicio de
Alejandro. Lleva un
petasos o sombrero de
viaje de ala ancha, pero
su única protección es un
pequeño escudo y una
daga para el combate
cuerpo a cuerpo. Maneja
un poderoso arco,
compuesto de doble
curva y porta un gorytos o
carcaj, probablemente
capturado a un persa.

18

Gaugamela
La batalla decisiva de las campañas de

Alejandro tuvo lugar hacia el 30 de sep-
tiembre o uno de Octubre del año 331 a.C.
cerca del río Tigris, en la llanura de Gau-
gamela. El macedonio contaba con unos
40.000 infantes y 7.000 jinetes. Es imposi-
ble conocer ni siquiera por aproximación
los efectivos de Darío, pues las cifras de las
fuentes son desmesuradas: Arriano habla de
un millón de infantes y 40.000 jinetes, pe-
ro buena parte de las levas de infantería de
la segunda línea eran casi inútiles. La única
infantería sólida era la formada por unos
4.000 hombres, entre mercenarios griegos
y la Guardia Real a pie (los meloforos): que
poco podían hacer contra la mucho más nu-
merosa infantería greco-macedónica. En
cambio, unos 34.000 jinetes de buena cali-
dad en la línea principal explican la revolu-
cionaria táctica adoptada por Darío, junto
con la presencia de algunos elefantes y unos
200 carros falcados.

El número de las levas en retaguardia es
irrelevante, porque no jugaron ningún pa-

pel en la batalla, que había de ser ganada
por la superioridad persa en jinetes.

La táctica del aqueménida se basaba en
aprovechar su superioridad en caballería
para envolver ambos flancos del ejército
macedonio: si se destruían sus alas, la te-
rrible falange carecería de la capacidad de
obtener una victoria decisiva. Por ello Da-
río eligió una llanura que además alisó, eli-
minando obstáculos, para favorecer el ata-
que de sus carros, destinados a desordenar
y frenar el avance de la infantería macedo-
nia. La táctica de Alejandro consistía en
avanzar en oblicuo, rehusando su flanco iz-
quierdo para dificultar ese doble envolvi-
miento, y golpear con su caballería pesada,
apoyada por la falange, en el centro de la
línea persa donde aguardaba Darío.

Los primeros ataques persas sobre el ex-
tremo del ala derecha macedonia fueron
contrarrestados por Alejandro (A y B en el
plano) con cierta dificultad, mientras que
el ataque de los carros aqueménidas sobre
la falange fracasó por completo (C). Justo

en ese momento, cuando buena parte del
centro-izquierda persa se desplazó para
apoyar el ataque sobre el flanco derecho
macedonio, abriendo un hueco en su línea
(D), Alejandro se lanzó por la brecha con
sus Compañeros, apoyados por los hipas-
pistas y la falange (E), consiguiendo supe-
rioridad local. Darío huyó, abandonando a
su ejército. La batalla estaba perdida para
los persas, pese a que su ataque sobre el ala
izquierda macedonia (F) creaba dificulta-
des a Parmenion, e incluso otro ataque me-
nor penetró el centro macedonio por un
hueco entre los batallones de la falange
(G), llegando a los bagajes, que fueron sa-
queados hasta que la segunda línea de ho-
plitas mercenarios y aliados griegos res-
tauró la situación y rechazó a estos jinetes
persas.

La victoria de Alejandro fue completa y
con un coste escaso, aunque no fácil ni pre-
determinada. Al final de la batalla, Darío
era un fugitivo sin capacidad de recuperar
su reino y poco después moría asesinado.

EL GENIO DE LA GUERRA
ALEJANDRO MAGNO: HOMBRE, MITO, DIOS

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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cada diez infantes. Al tiempo, los gene-
rales macedonios procuraban requisar
por adelantado víveres y forraje en un
radio de hasta cien kilómetros, forman-
do depósitos para las tropas. En com-
paración con otros ejércitos griegos, o
con el persa, el macedonio carecía de
los inmensos trenes de bagajes que las-
traban un avance rápido y decisivo.

Aun así, se ha calculado que el ejér-
cito de Alejandro necesitaba cada día
220 toneladas de grano y forraje –to-
mado éste de los campos– y consumía
265.000 litros de agua potable. Duran-
te el asedio de Gaza, hubo que traer de
largas distancias hasta 23.000.000 de li-
tros de agua, que no existía en las cer-
canías para abastecer al ejército duran-
te un asedio de dos meses. Por ello,
Alejandro solía aplicar la máxima de
“Marchar separados, combatir juntos”
que a menudo se atribuye a Napoleón.
La labor callada de esos secretarios, ca-
paces incluso, como ha mostrado En-
gels, de sincronizar la marcha con las
fechas de cosecha, no debe ignorarse
pues “Un ejército avanza sobre su estó-

del carisma y la energía demoníaca o di-
vina de un Alejandro, aparte de que,
con el tiempo, la calidad del núcleo del
ejército –la falange armada con picas y
la caballería pesada– tendió a declinar
gravemente. La falange macedonia de-
rrotada por Roma a comienzos del s. II
tenía ya poco que ver con la fuerza
equilibrada que construyera Filipo y lle-
vara a su máximo desarrollo su hijo Ale-
jandro, conocido como El Grande. n

21

mago”. El ejército de Alejandro gozó
probablemente de la mejor logística en
campaña hasta época imperial romana,
tres o cuatro siglos después.

Influencia
La influencia de Alejandro en la guerra
antigua y moderna ha sido enorme.
Aparte del influjo que el peso de su
gloria supuso para personajes como
César o el mismo Napoleón, desde el
punto de vista estrictamente militar su-
po coordinar como pocos –mandando
desde primera línea– la caballería pe-
sada (el martillo) con la falange (el
yunque), enlazada con los hipaspistas
y protegida en sus flancos por caballe-
ría e infantería ligeras. Su sentido de la
oportunidad táctica no tiene parangón,
y nadie discute su bravura personal.

Sus sucesores refinaron quizá en ex-
ceso el esquema del rey macedonio,
creando ejércitos helenísticos muy com-
plejos, que debían actuar como una ma-
quinaria de precisión para regular una
amplia variedad de tipos de tropas muy
especializados. Sin embargo, carecieron

ALVAR, J. y BLÁZQUEZ, J.M. (eds.), Alejandro
Magno: hombre y mito. Madrid, Actas, 2000.

BRAVO GARCÍA, A., Introducción a la Anábasis de
Alejandro Magno, de Arriano, Biblioteca Clásica
Gredos, 49, Madrid, 1982/2001 (traducción y co-
mentarios de A. Guzmán Guerra).
GUZMÁN GUERRA, A., y GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Ale-
jandro Magno: de la historia al mito. Madrid, Alian-
za, 1997.
HAMMOND, N.G.L., Alejandro Magno: rey, general y
estadista. Madrid, Alianza, 1992.
LÓPEZ MELERO, R., Filipo, Alejandro y el mundo he-
lenístico, Madrid, Arco/Libros, S.L., 1997.
LOZANO VELILLA, A., El mundo helenístico, Madrid,
Síntesis, 1993.
RABANAL, M., Alejandro Magno y sus sucesores,
Madrid, Akal, 1989.

PARA SABER MÁS

20

era, por vez primera en la historia de la
Hélade, una eficaz máquina de fuerzas
combinadas e interdependientes de in-
fantería y caballería pesada y ligera, ca-
paz de obtener victorias resonantes in-
cluso en condiciones de grave inferio-
ridad numérica.

Claro, que no fue un ejército estáti-
co, pues a lo largo de la década del
333 al 323 a.C. recibió numerosos re-
fuerzos de Macedonia y sufrió algunas
modificaciones en su estructura, como
por ejemplo la reorganización de la
caballería en hiparquias o regimien-
tos, y la aparente desaparición de los
prodromoi. Cuando Alejandro murió,
había escasez de macedonios nativos
y las unidades comenzaban a rellenar-
se con orientales, más por necesidad
que por elección, e incluso se creó
una falange oriental, los Epigoni. El
carácter del ejército cambiaría irrever-
siblemente.

Guerra de asedio
El ejército macedónico contaba tam-
bién con una importante y novedosa
capacidad de asedio, tipo de guerra
que se convertiría en una especialidad
de los reinos helenísticos posteriores

(ver La Aventura de la Historia , nº 13,
“Conquistadora de ciudades”, noviem-
bre de 1999). En todo caso, en 333
a.C. Alejandro sitió Tiro, una impo-
nente fortaleza natural ubicada en una
isla a cientos de metros de la orilla. Su
conquista le permitiría dominar toda
la costa levantina y evitar que la flota
persa pudiera aislarle de Macedonia,

su única fuente importante de refuer-
zos. Para ello hubo de vencer los obs-
táculos de la naturaleza y una resis-
tencia encarnizada e ingeniosa. Su
principal medio de asalto fue construir
un dique o espigón hasta la isla, en
cuyo extremo edificó torres de asedio
de madera armadas con catapultas. La
artillería era un arma reciente en el
mundo griego, ya que suele atribuirse
su invención a la corte de Dionisio de
Siracusa, a principios del s. IV a.C.
(ver La Aventura de la Historia, 36 y
45). Aunque los tirios consiguieron
prender fuego a las primeras torres,
Alejandro no cejó, reconstruyendo el
espigón y edificando nuevas torres pa-
ra artillería sobre barcos encadenados
por parejas. Sin embargo, sólo cuando

el rey consiguió el dominio del mar al
desintegrarse la flota persa (en su ma-
yor parte formada por contingentes de
otras ciudades fenicias y de Chipre),
pudo finalmente, y tras numerosos
vaivenes de la suerte, aislar por com-
pleto Tiro, demoler parte de sus mu-
rallas empleando enormes arietes, y
penetrar en el puerto.

La encarnizada resistencia durante
siete meses de la antigua metrópoli
fenicia concluyó con una masacre que
prefiguraba las que habrían de venir
más adelante, en Gaza y en lo profun-
do de Asia. De hecho, autores como
D. Hanson consideran que en la fase
final de su carrera Alejandro se había
convertido en un maniaco alcoholiza-
do, paranoico y genocida: su brutal
actitud con las poblaciones de Asia
pudo ser eficaz como política de te-
rror a corto plazo, al igual que la eje-
cución de muchos de sus viejos cama-
radas macedonios, pero a medio y lar-
go plazo sin duda fue contraprodu-
cente. En este sentido, la muerte qui-
zá le llegó al macedonio antes de una
inevitable crisis global.

Avanzando sobre el estómago
Es un dicho común entre los militares
que “los aficionados discuten de tácti-
ca; los profesionales de logística”. El
ejército macedonio dependía del man-
do muy centralizado de Alejandro,
que a menudo interfería en cuestiones
de detalle, pero sus mandos eran no-
bles que sabían leer y escribir, y con-
taba con una suerte de estado mayor
de eficaces secretarios (grammateis) e
inspectores (episkopoi) no combatien-
tes que llevaban registros de fuerza de
cada unidad, control de aprovisiona-
mientos, remonta de caballos, etc.,
mientras que las unidades tenían una
cadena de mando completa con ofi-
ciales y suboficiales que controlaban
su administración.

Sin embargo, el ejército no proveía
raciones en campaña salvo en casos
excepcionales, y se esperaba que la
tropa adquiriera sus víveres de los mer-
caderes y buhoneros, a menudo feni-
cios, que acompañaban al ejército. El
escritor romano Frontino recordaba ya
que Filipo prohibió el uso de carroma-
tos, y permitió sólo un escudero para

Darío, en su carro de guerra, combate contra Alejandro. Detalle de un mosaico del siglo II a.C.
a partir de un diseño anterior (Nápoles, Museo Nacional).

EL GENIO DE LA GUERRA
ALEJANDRO MAGNO: HOMBRE, MITO, DIOS

Falange frente a legión

Falangita macedonio. La sarissa es una pica de unos 5 m, aunque llegaría a sobrepasar los 7 m. Como contrapeso lleva un regatón de
bronce, que permite clavarla en el suelo. El astil era de madera de cornejo y durante la marcha se dividía en dos partes, empalmadas con
una pieza metálica tubular. Se protege con un casco frigio, coraza, una greba y un pequeño escudo circular, con el símbolo de la dinastía
macedonia. Se trata de un jefe de fila, que combate en primera línea. Las filas traseras no llevarían ni grebas ni, en muchos casos, coraza.

En la Historia Militar uno de los “¿quéhubiera ocurrido si...?” favoritos es un
posible enfrentamiento entre la falange ma-
cedonia de Alejandro y la legión romana re-
publicana. Quizá el primer escritor en dis-
traerse con estas especulaciones fue nada

menos que Tito Livio, quien en su Historia
de Roma desde su fundación (IX,17-19) ya ju-
gueteaba con la idea de un enfrentamiento
entre el mismo Alejandro y Roma... para
concluir patrióticamente que Roma hubiera
vencido, ya que sus generales no eran infe-
riores en valor al macedonio; sus efectivos,
mucho más numerosos; sus armas más efica-
ces, y sus soldados más sufridos. Incluso tie-
ne la audacia el romano de escribir: “su fa-
lange carecía de movilidad y era uniforme,
mientras que el ejército romano era menos
uniforme, constituido por varios elementos,
fácil de dividir y fácil de reagrupar...” En es-

to el romano, como antes Polibio, olvidaba
la enorme importancia que la infantería li-
gera y la caballería habían tenido en las vic-
torias de Alejandro, y atribuía al ejército
macedonio las características de rigidez e in-
flexibilidad en que la falange degeneró siglo

y medio después, en el s. II a.C., cuando fue
vencida por los romanos en Cinoscéfalos
(197 a.C.) y Pydna (168 a.C.), desprovista ya
del sólido apoyo de caballería que había te-
nido en el s. IV a.C. y con graves problemas
demográficos.

Mientras Alejandro había podido contar
con 24.000 falangitas en 334 a.C., en 197,
Filipo V sólo pudo reunir 16.000, y eso in-
cluyendo veteranos jubilados y adolescen-
tes. E incluso así, Plutarco describe el terror
que invadió al romano Emilio Paulo en
Pydna, cuando por vez primera vio el erizo
de puntas de la falange en acción.

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