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- Qué mujer tan catiJla - refunfuña Margot-. Ya va siendo
hora de que hagamos aJgo contigo.

Sandrine mira sus uñas rotas.
- Si padre me viera así... -dice en voz baja.
- Pa -dice Margot.
Sand ri ne la mira asombrada.
- Si tu pa te viera así - la corrige Margot. Pronuncia la pa­

labra «pa» con el acento de Paris, suena muy fuerte-oRepítelo.
- Pa -dice Sandrine.
Margot niega con la cabeza.
- Demasiado educado. Venga, seguro que sabes hacerlo

me jor.
- Pa -repite Sandrine, imitando a Margo t.
-Mejor. Repítelo más veces.
Margot se levanta y vuelve a sus quehaceres. Sandrine per­

manece sentada.
- Pa ~mascu1 l a-, pa.
La palabra resuena en su cabeza: pa, pa, pa ...
Sandrine sube corriendo las escaleras, hacia su habitación en

la buhard illa.. . Cierra la puerta de un portazo y se deja Caer en
la cama. «Pa, pa, pa ...»

Ya es mucho más tarde cuando Margot entra en su habitadón
sin hacer apenas ruido. Se sienta en el borde de la cama y esta
cru je. Sin decir palabra acaricia el pelo de Sandrine. Al cabo de
un buen rato Sandrjne se da media vuelta y con cara de haber
Horado mira a Margot. Margot le coge la mano.

- ¿Ba jas conmigo? - pregunta.
Sandrine accede. Con el dorso de la mano se restriega los ojos

y sigue a Margot escaleras aba jo. El resto del día permanece ca­
ll ada y se dedica a diferentes tareas domésticas. Durante la cena,
que consiste en sopa aguada, Sandrme escucha con atención a
los demás. Uti lizan palabras que no conoce, ya veces le es difícil
seguir la conversación. Efta rllisTIla no dice gran cosa, pero cuan­
do algllien le hace alguna pregunta intenta no usar su francés
educado.

Con el paso del tiempo se va dando cuenta de que empieza
a dominar el dialecto de París. Los mas pasan de forma monó­
tona. Sandrine descubre que es mejor estar ocupada para superar
el tedio de las interminables horas y recuerdos dolorosos. Duran­
te gran parte del día Margot y ella se dedican a intentar resolver
el problema cotidiano de conseguir algo de comer. Además, ne­
cesitan madera para encender el fuego, ya que el carbón es de­
masiado caro. Siempre queda colada por hacer, así como muchas
otras tareas domésticas. Las manos de Sandrine son cada vez más
ásperas, está más delgada y su estómago le pide continuamente
con-uda.

Es consdente de que Margot la observa. De vez en cuando
Margat le sonríe y, como no sabe muy bien cómo reaccionar,
hace )0 mismo.

Por la noche Sandrine se desvela a menudo. Entonces se pone
la pulsera y las sortijas de su madre e imagina que vuelve a su
casa. Está en su propia cama, en su habitación y escucha la voz
de Julie cuando viene a vestirla. Otras veces huele el humo del
tabaco de su padre. Somíe hasta despertarse del todo.

La familia real ha sido encarcelada en la fortaleza del Temple y
la noticia va de boca en boca. Por lo que cuenta Philippe, San­
dri ne entiende qlle en el nuevo gobierno, que se llama (La Con­
vención», hay dos partidos: los jacobinos y los girondinos, y que
estos discuten sobre cómo debe continuar la Revolución. Aunque
a Maurice no le agrada, Phi lippe abandona a menudo el trabajo
en el taller para participar en las reuniones de los parisinos re­
volucionarios, los sam-mlottes, bajo el liderazgo de Jean Pau\ Ma­
rat, quien los representa en La Convendón.

- Cada vez sornas más fuertes, más poderosos -cuenta Pru­
lippe durante la comida. Sus ojos brillan de entusiasmo, como
sjempre que habla de Marat-. Los girondjnos se oponen a que
nosotros, los sans-C/llottes, tengamos voz y voto; sin embargo, los
jacobinos nos escuchan. Robespierre ha dicho que ellos nos ne­

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cesitan a nosotros, el pueblo, y que defenderán nuestros intereses
en cuanto obtengan el poder.

- Entonces, Robespierre puede estar contento, porque todo
ParÍS apoya a [os jacobinos - dice Maurice.

- La Convendón ya no puede negar la existencia de [os sans­
culottes - dice Philippe satisfecho-. Y si los girondinos nos uti ­
lizan, no durarán mucho tiempo en el gobierno.

-En eso puede que tengas razón -afirma su padre- o Por lo
menos una cosa han entendido bien esos jacobinos: que nunca
debe ser ignorada la voluntad del pueblo.

-Todo eso está muy bien, y yo apoyo a los St1l1s-culottes¡ pero
no entiendo por qué tenéis que llevar esas pintas- dice Margot.
Repasa el aspecto de su hijo mayor con desprecio. No se ha afei­
tado ni lavado y lleva la ropa raída, un chaleco y unos panta­
lones de rayas desgastados. Pantalones largos, en vez de los ele­
gantes pantalones a media pierna de los nobles.

-Si por Marat fuera, andaríais medio desnudos por las calles
y estaríais llenos de piojos rascándoos todo el clia -afirma Mau­
rice, reforzando lo dicho por su mujer-o¡,No es posible ser buen
patriota y lavarse a la vez?

-Yo también vaya ser un sans-mlotte - grita Pierre.
-Ah si, ¿vas a dejar de afeitarte? - se fíe su padre.
-No te burles de él. Será un sans-culotte estupendo. Ya me

encargaré yo -dice Philippe decidido.
- Sí -afirma Pierre entusiasmado.
.- Tú te vestirás como es debido. De eso me encargaré yo - le

avisa Margot.
Sandrine se ha perdido gran parte de la conversadón. En su

cabeza ronda un solo nombre: Marat. El hombre responsable de
la muerte de sus padres, de la de Michelle y de Julie. Un hombre
repugnante, con las piernas arqueadas y la cara delgada y pálida.
Ha leído su periódico, El Amigo del Pueblo, y ahora entiende que
ha sido Marat quien ha azuzado al pueblo para que asesjnasen a
los aristócratas, argumentando que, de no hacerlo, la aristocrada
habría conspi rado para escaparse de la cárcel y habría acabado
con la Revolución. El pueblo de París marchó a las cárceles ce­

gado por la ira. En las prisiones de la Abbaye, así como en la
Force, en la Salpetriere, en la Conciergede, y finalmente en Si­
cetre, más de mil cien prisioneros han sido asesinados.

- ¿Sandrine? - la llama Maurice.

Sandrine se sobresalta al oír su nombre.

- Ven un momento al taller. Estoy haciéndote unos zuecos,


están en el torno.
- ¿Zuecos?
-Sí, tus zapatos están rotos. En otoño te serán más útiles

unos buenos zuecos.
Sandrlne le sigue al taller.
-Mira -dice Maurice, y coge un par de zuecos. Distraída­

mente pregunta-: ¿Qué tal estás? ¿Te vas acostumbrando a vivir
con nosotros?

Sandrine se encoge de hombros.
- tntiendo que no es nada fáci l para ti.
Maurice le da una paLmadita en el hombro.
- Margot se esfuerza para que te encuentres como en tu casa.
Sandrlne se prueba 105 zuecoS. Son duros y pesados.
-Colocaré un trozo de cuero suave en el empeine, así te do­

lerán menos [os pies. Esta tarde los terminaré.
Un hombre grande entra en el taller. ASandrine la cara del

hombre le resulta familiar
- Hola, Maurice. Vengo a recoger mis zuecos.
-Hola, Gastan. ¿Qué tal? -le saluda a su vez Maurice-.

¿Tienes un momento?
Sandrine se queda de una pieza. Gastan. ¿No es ese el hombre

que las ayudó a Julie y a ella cuando encontraron a Pierre? Mau­
rice sigue inclInado sobre el zueco. Cuando levanta la mirada,
Sandrine le mira fijamente. Con sus ojos señala a Gaston. Mau­
rice muestra sorpresa, pero lllego frunce las cejas. Con un mo­
vimiento de la cabeza le indica a Sandrine que vuelva a la casa.
Demasiado tarde.

_¿Y quién es esa seño[ila? -suena la voz alegre de Gaston.
Maurice se incorpora.
-Gastan ...

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Desde julio de 1793 las cuarenta cárceles de París nunca estuvie­
ron vacías. Las cartas de prisioneros de esta época que se con­
servaron son conmovedoras. Son los relatos de testigos que, des­
de el ventanuco de su celda, ven cómo se llevan a sus compa­
ñeros a la muerte. Son las últimas palabras de adiós de un marido
a su mu jer, de una madre a sus hijos, y también muchas veces
son intentos de sobornar al fisca l general, Fouquier-TLnville. Está
claro que Fouquier-Tinville se tomaba su trabajo en serio. Des­
pués de la Revo!udón se encontraron algunas de estas súplicas,
el dinero todavía intacto.

Finalmente la Revoludón acabó con sus propios hijos: los
grandes lideres políticos empezaron a desconfiar y los más bo­
cazas mandaron a los demás a la guillotina. Después de haberse
quitado de en medio a todos sus adversaríos .politicos, Maxlmi­
lien de Robespierre, el líder de los jacobinos, se convirtió en un
ser todopoderoso. Era tan fanático que pareciera que quisiera
mandar a la guillotina a toda Francia.

Pero no solo tenia amigos en su partido. La mayor[a de los
jacobinos temían por sus propias cabezas y no se atrevían a cri­
ticar a su líder. Hasta que, finalmente, se levantó Cambon, el
tesorero, y acusó al mismo Robespierre. Cuando este quiso de­
fenderse, le gdtaron de todos lados: «¡Abajo con el tirano!". El
líder de la Revoluaón fue detenido y llevado a la cárcel, donde
intentó suiddarse. Lo único que le quedó de ese intento fue una
mandlbula rota. El 28 de julio de 1794 él mismo perdió la cabeza
en el patíbulo y con ello se terminó el derramamiento de sangre;
pero también la Revolución, que eclipsó tantos ideales y espe­
ranzas para un futuro mejor.

El pobre pueblo tuvo que esperar bastante más hasta que ll e­
gara ese futuro mejor. A pesar de haber diezmado a los aristó­
cratas, muchos que habían huido volvieron a Francia. Más tarde,
un soldado desconocido del ejército revolucionario dio un golpe
de Estado. Se hizo grande bajo el nombre de Napoleón Bona­
parte.

Aunque la Revolución Francesa al prlncipio no tra jo muchas
mejoras al pueblo francés, supuso el comienzo de nuestro actual

sistema de derecho. Bajo el mandato de Napoleón la legislación
fue cambiada radicalmente. El poder de la aristocrada se des­
moronaba cada vez más y poco a poco surgió algo parecido a
una demacrada. Y con eso, La Revolución Francesa. a pesar de
degenerar en injusticia y derramamiento de sangre, consiguió su
objetivo.

Los sa1lS-culottes, a los que pertenece Philippe en este relato, fue­
ron fervorosos partidarios de la Revoludón y se distinguen cons­
dentemente de la aristocracia por su ropa descuidada. Su nombre
significa literalmente «si n pantalones», refiriéndose a los elegan­
tes pantalones de media pierna de la aristocrada. Por otra parte,
los jacobinas pertenecían al partido revolucionario más extremo,
que consigllió el poder gracias al apoyo masivo del pueblo. Debe
su nombre al monasterio de los Jacobinos, donde el partido se
reunió al prindpio de la Revolución. Finalmente, los girondinos
eran revolucionarios moderados, que fueron acusados de traición
en 1793 por los jacobinos; veintiuno de sus miembros fueron
decapitados. Los girondinos deben su nombre al río Cironde (Ca­
rona, en el suroeste de Francia), de donde provenían los repre­
sentantes de este partido.

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