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La única imagen conservada del Buda de Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

Notas sobre Oriente

Edición y estudio a cargo de G iovanni G urisatti

¡ x x A lia n za editorial
" V El libro de bolsillo

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Notas sobre Oriente

es espejo. Es muy parecido al mito de la entrada del in­
dividuo, a través de la muerte, en otro mundo comple­
tamente diferente en el cual encuentra la recompensa a
sus actos mediante un juez justo; dicho mito fue pre­
sentado por Kant como el único adecuado para la ex­
plicación del significado moral de las acciones y como
principio regulador de las mismas, denominándolo f e
racional práctica, en tanto que, como mito, lo negaba y
refutaba. El mito indio posee, no obstante, muchas
ventajas sobre éste: en parte porque se ajusta más es­
trictamente a la verdad y en parte porque es menos
trascendente, en la medida en que no alberga ningún
elemento que no esté presente en este mundo real de la
experiencia, sino que más bien todos sus conceptos
pueden ser contrastados con las intuiciones provenien­
tes de este mundo, en tanto que los tormentos que ame­
nazan al vicioso se pueden ver ya en esta vida: por ejem­
plo, asegurándole que migrará al cuerpo de un paria o
de un leproso, de un cocodrilo, etc., y que le aguardan
múltiples renacimientos en este mundo lleno de sufri­
mientos. A la virtud, en cambio, sólo puede indicarle su
recompensa de un modo negativo: non adsumes iterum
existentiam apparentem', como se afirma tan frecuente­
mente en los Vedas. O , según la doctrina de Buda: tie­
nes que tener nirvana, es decir, un estado en el que no
existen estas cuatro cosas: pesar, vejez, enfermedad y
muerte.

1. [«No recorrerás una existencia aparente»].

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9. La muerte: nada que haya que temer

El volver a nacer de los indios es un esquema para
obrar

‘Kant ha propuesto como subrogado provisional su postu­
lado de la razón práctica y su teología moral, la cual -sin
pretensión alguna de validez objetiva para el saber o para
la razón teórica- debía gozar de total validez en relación
con el actuar o la razón práctica, así como con la fe des­
provista del saber derivada de ésta. Con esto seguramente
no quiso decir nada más o no quiso sobrentender otra
cosa que la suposición de un Dios justo que imparte justi­
cia tras la muerte, constituyendo de este modo un esque­
ma útil y suficiente para la interpretación de la significa­
ción emotiva y ética del obrar y para la conducción de este
obrar mismo. En cierto modo como una alegoría de la ver­
dad, y desde esta perspectiva -a la cual remite en última
instancia-, tal suposición puede ocupar el lugar de la ver­
dad, pero ciertamente se halla muy alejada de ella desde el
punto de vista tanto teórico como objetivo2.

Si no hay creador, entonces somos inmortales

SA1 igual que el dogma de un Dios creador resulta incom­
patible con el de la libertad del ser humano que, como

1. [UN III, 454 (1828)].
2. En la mitología india volvemos a nacer en la forma de aquel que se ve
afectado por nuestro trato, sufriendo el mismo daño que le hemos provo­
cado en esta vida. Este mito es también un esquema de ese tipo y de la
misma tendencia, pero su valor es muy superior.
3. [HN III, 114-115 (1821)].

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Notas sobre Oriente

tal, debe situarse en el esse, resulta antagónico asimismo
con la doctrina de la inmortalidad, por lo cual los artífi­
ces del Dios creador, los judíos, no contemplaban ningu­
na vida después de la muerte, lo que se trata más bien de
un elemento ajeno proveniente de la India, de Egipto o
de los misterios griegos, introducido en la tosca y bárba­
ra fe judía cuando ésta acometió su reforma, un elemen­
to que no encaja en absoluto con ella y cuya reforma se
debió quizá a Jesucristo. Me cuesta tanto imaginarme
que tras la muerte me convertiré en la pura nada, como que
fui creado a partir de la nada absoluta: ambos pensa­
mientos están estrechamente enlazados, son realmente
uno y se alzan y caen conjuntamente; de ahí que nuestra
convicción interior de que no seremos aniquilados tras la
muerte esté ligada a la convicción de nuestra inmortali­
dad y nuestro origen, en virtud de los cuales la esencia
del mundo somos nosotros mismos y, por lo tanto, no te­
nemos ni principio ni fin. Una persona razonable puede
también considerarse inmortal, pero sólo en tanto se
piense a sí misma como algo eterno, es decir, atemporal
o, al menos, carente de un inicio en el tiempo.

Sin embargo, si me considero como algo creado a par­
tir de la nada y como la obra mal acabada de otro, enton­
ces debo temer naturalmente volver a la nada, ya que to­
das las cosas retornan al lugar de donde surgieron. Pues
resulta de veras monstruoso pensar que Dios haya deja­
do transcurrir una eternidad antes de crear algo (por
ejemplo, a mí) y que después consienta en mantener una
eternidad con la cual y a parte post será recompensado o
castigado aquel que se haya o no se haya ajustado a sus
deseos. En esto consiste el conflicto entre el teísmo y la

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9. La muerte: nada que haya que temer

libertad. Dios castiga su obra mal acabada porque ésta
resultó no ser aquello que él quería que fuese, de igual
modo que el niño golpea a la silla con la que acaba de
tropezar.

Cuando nuestros teólogos y «filósofos de la religión»
hablan siempre sobre «Dios y la inmortalidad» como
dos pensamientos y dos cosas correspondientes entre sí
que se ajustan perfectamente la una a la otra, lo hacen
por pura costumbre y debido a la falta de reflexión, pues
tanto la inmortalidad como la libertad de la voluntad
apenas pueden avenirse con aquel tosco, burdo y aborre­
cible dogma judío.

Sólo lo que procede de la nada regresa a la nada

'Lo que puede nacer de la nada puede también retornar
a la nada. Por eso todos los filosofemas y dogmas de los
antiguos -quienes aceptan la existencia de una materia
eterna y que, casi en su mayoría, aceptan también un
alma del mundo eterna, de la cual las almas individuales
serían las partes- se muestran infinitamente más propi­
cios a la doctrina de la inmortalidad que el judaismo o el
cristianismo, los cuales hacen surgir la materia y el alma
de la nada2.

1. ÍHN III, 132-133 (1822)].
2, [Al margen:] Esto permitiría un pasaje hacia la inmortalidad de la ma­
teria.

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Siglas y abreviaturas

Doy las gradas a Franco Volpi por el cuidado con que ha se­
guido las diferentes fases de la edición, y agradezco en particu­
lar a Maddalena Buri su constante y competente supervisión
durante todo el trabajo de redacción, así como por la puesta a
punto del volumen. Doy las gracias también a Jochen Stoll-
berg, director del Schopenhauer-Archiv de la Stadt-und Uni-
vesitatsbibliothek de Francfort, quien amablemente ha puesto
a nuestra diposición la fotografía de Buda que se reproduce en
el frontispicio.

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Ño hay duda de que parte de la
popularidad e Interés que, a diferencia
de otros filósofos coetáneos, sigue
despertando hoy día Arthur Schopenhauer
(1788-1860) se debe a su heterodoxia
y a su amplitud intelectual de miras,
que lo llevó no sólo a Interesarse por las
culturas orientales en una época en la que
prácticamente eran desconocidas y
despreciadas en Occidente, sino también
a tenerlas en cuenta en su obra. Recopilado
y organizado por Giovanni Gurisatti, autor
asimismo del iluminador estudio que
redondea el libro, Notas sobre Oriente
reúne los pasajes, apuntes, fragmentos
y aforismos que, relacionados con los
principales sistemas de pensamiento
orientales, como el budismo, el hinduismo
o el Tao, se hallan dispersos a lo largo
de los voluminosos autógrafos del fundador
del pesimismo. Una lectura que revela,
además de su viva y prolongada empatia
hacia ellos, una sorprendente modernidad.

Alianza editoria l El libro de bolsillo

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